domingo, 7 de febrero de 2016

Lecturas del día, domingo, 7 de febrero. Poema "Monólogo del perdido" de Ramón de Garciasol. Breve comentario


Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (6,1-2a.3-8):

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro, diciendo: «¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!» Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos.» Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: «Mira; esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.» Entonces, escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?» Contesté: «Aquí estoy, mándame.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 137

R/.
Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor

Te doy gracias, Señor, de todo corazón;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario. R/.

Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera a tu fama;
cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R/.

Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra,
al escuchar el oráculo de tu boca;
canten los caminos del Señor,
porque la gloria del Señor es grande. R/.

Tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo:
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios (15,1-11):

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe. Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (5,1-11):

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.»
Simón contestó: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.»
Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían.
Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.» Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor

Poema:
Monólogo del perdido de Ramón de Garciasol 

Soy nada, si es que soy. Polvo consciente
asombrado de ser y no haber sido,
sin memoria de mí más que hasta un día
y sin poder ser yo más que hasta un límite
que no sé, cuya fecha desconozco.

¿Puedo dejar de ser después que vivo?
¿He podido no ser o he sido siempre
y he de seguir en algo que yo ignore?
¿Se perderá el recuerdo de la pena?
¿Se secará la música y la llama?
¿Vuelven las mismas rosas cada mayo
al mismo sol? ¿Es que no hay más que tiempo?
¿Dónde estaré cuando de mí me olvide
y no sepa si soy, si he sido nunca?
¿Dónde irá la conciencia que me habita?
¿O se evaporará, tal un perfume
en un vuelo de pájaro al misterio?

Y mi después de ser me abrasa el gusto,
porque, Señor, no puedo, y Tú lo sabes,
Tú conoces la angustia que me cuesta
dejar todo a tu cargo y tu desvelo.
¡Cree mi corazón, y no le basta
a mi razón su fe! Soy ambas cosas
y voy luchando en mí por encontrarme,
por serenarme en Ti y entender algo.

Tú comprendes mi empeño y le sostienes:
me llevas mar adentro de mi entraña
sin compasión para mis pobres manos
en carne viva de minar mi sangre.
¡Y sé que estás! Ya Te oigo más presente,
siempre algo más allá de donde cavo.

Breve comentario

La humildad nace con la conciencia de que todo lo que somos, comenzando por el ser, es recibido. Todo es un don. Y si además hemos sido coronados por la gracia del bautismo, a la suma de dones hay que añadirle el que los resume y eleva, el de ser hijos de Dios. Ante este reconocimiento no cabe ser sino humildes: no merecemos nada de lo que somos, ni la propia existencia ni ninguna de nuestras cualidades, sean las que sean. Así, ante la llamada de Dios, no podemos más que postrarnos («Aquí estoy, mándame.»). Insisto, esto ocurre a nada que se tenga una mínima conciencia de la realidad que nos constituye. Sé que no es hoy un pensamiento muy en boga, pues nuestros contemporáneos creen que todo lo que existe es una construcción de su deseo, incluso las realidades más atemporales. El hombre como dios: la antípoda de la humildad. Así nos va, claro...

El pasaje del evangelio de hoy es precioso por muchas razones. Sólo quiero destacar una dimensión del mismo, y con ello enlazo con el poema elegido. Hace referencia a la conocida orden que Jesús da a los pescadores: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.» ¿Qué quiso decir con que rememos mar adentro? ¿Adentro de qué, yo que no soy pescador? Si se trata de pescar hombres, ¿con qué redes, con qué instrumento hacerlo? Todas estas preguntas están relacionadas. Cualquier tarea que implique ejercer cierta influencia en los demás y en la realidad siempre exige un cierto grado de conocimiento. La evangelización también. La primera verdad que el hombre debe conocer es a él mismo. Es cierto que el hombre se conoce en la medida en que vive, desea, proyecta, se compromete, se equivoca, ama... Pero todo acto humano es, en origen, una realidad íntima nacida de nuestro corazón. Siendo así, debemos conocer nuestro interior para no aprender sólo por ensayo y error, a base de encontronazos y caídas, aunque éstas sean difíciles de evitar. 

No podemos remar mar adentro del mundo sin antes remar mar adentro de nosotros mismos; no podemos echar ninguna red, si antes no la echamos a nuestro corazón y saber qué esconde; no podremos influir en la realidad ni a ninguna persona, si no sabemos cuáles son las fuentes de donde nace nuestro deseo, el de cada uno. Por desgracia, esta obvia verdad milenaria conocida por la humanidad antes incluso que los griegos, parece pasar desapercibida. Claro que hemos de evangelizar y remar mar adentro de todos los lagos y de todos los corazones del mundo, pero necesitamos conocernos para poder robustecer la fe que nos hace vivir, que nos habita. No se trata de un trabajo analítico o de deconstrucción, no: el misterio de Dios operando en nosotros es inabordable a nuestro entendimiento y nuestra sensibilidad. Pero gracias a este sano ejercicio de observarnos, podremos distinguir mejor cuál es la dirección a tomar en ese remar y qué instrumentos elegir para la pesca, qué quiere Dios en concreto de cada uno. Sólo así podremos hacer "barbaridades", con la gracia de Dios evidentemente, como la de pescar en pleno día, es decir, en la total hostilidad que nos circunda.

Por ello no puedo por menos que hacer míos estos versos memorables del poeta:

¡Cree mi corazón, y no le basta
a mi razón su fe! Soy ambas cosas
y voy luchando en mí por encontrarme,
por serenarme en Ti y entender algo.

Tú comprendes mi empeño y le sostienes:
me llevas mar adentro de mi entraña
sin compasión para mis pobres manos
en carne viva de minar mi sangre.
¡Y sé que estás! Ya Te oigo más presente,
siempre algo más allá de donde cavo.

De eso se trata y no de otra cosa, amigos. 

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