sábado, 8 de abril de 2017

Lecturas del día, sábado, 8 de abril. Poema "Salmo del solitario" de Carlos Bousoño

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (37,21-28):

Esto dice el Señor Dios: «Recogeré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde han ido, los reuniré de todas partes para llevarlos a su tierra. Los hará una sola nación en mi tierra, en los montes de Israel. Un solo rey reinará sobre todos ellos. Ya no serán dos naciones ni volverán a dividirse en dos reinos. No volverán a contaminarse con sus ídolos, sus acciones detestables y todas sus transgresiones. Los liberaré de los lugares donde habitan y en los cuales pecaron. Los purificaré; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos. Caminarán según mis preceptos, cumplirán mis prescripciones y las pondrán en práctica. Habitarán en la tierra que yo di a mi siervo Jacob, en la que habitaron sus padres: allí habitarán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre, y mi siervo David será su príncipe para siempre. Haré con ellos una alianza de paz, una alianza eterna. Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y reconocerán las naciones que yo soy el Señor que consagra Israel, cuando esté mi santuario en medio de ellos para siempre».

Palabra de Dios

Salmo

Jr 31,10.11-12ab.13

R/.
El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño

Escuchad, pueblos, la palabra del Señor,
anunciadla a las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como un pastor a su rebaño. R/.

Porque el Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte».
Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión,
afluirán hacia los bienes del Señor. R/.

Entonces se alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (11,45-57):

En aquel tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación». Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: «Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera». Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos. Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: «¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?». Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.

Palabra del Señor
 
Poema:
Salmo del solitario de Carlos Bousoño
 
Con tu beso de amor estoy marcado
como con una espada y un destello
en mi boca por siempre. Yo te amo
aquí, asediado, en tu fulgor ardiente.

Los hombres no me aman, no me aman.
Ya no me aman porque a Ti te quiero.
Solo contigo estoy, oh Dios; contigo
como un caliente bosque inmenso.

Ya no me aman porque Tú has bajado
y en mis brazos dejaste un ancho cielo,
y estoy sobre la tierra solitario,
erguido, sosteniéndolo.

He crecido de pronto, alzado estoy.
Una montaña entre mis brazos tengo.
Te tengo a ti, Señor, y te levanto
con mis dos manos junto al firmamento.

Aquí estás. Aquí estás. Tenme así siempre.
Un río de dicha baja hasta mis miembros
cuando contigo meto mis dos puños
desgarradoramente, allá en tu reino.
 

viernes, 7 de abril de 2017

Lecturas del día, viernes, 7 de abril. Poema "Soneto a la unidad del alma" de Francisco Luis Bernárdez. Breve comentario

Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (20,10-13):

Oía la acusación de la gente:
«“Pavor-en-torno”,
delatadlo, vamos a delatarlo».
Mis amigos acechaban mi traspié:
«A ver si, engañado, lo sometemos
y podemos vengarnos de él».
Pero el Señor es mi fuerte defensor:
me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso,
con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado
y sondeas las entrañas y el corazón,
¡que yo vea tu venganza sobre ellos,
pues te he encomendado mi causa!
Cantad al Señor, alabad al Señor,
que libera la vida del pobre
de las manos de gente perversa.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 17,2-3a.3bc-4.5-6.7

R/.
En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R/.

Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos. R/.

Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte. R/.

En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (10,31-42):

En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús. Él les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?». Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios». Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre». Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad». Y muchos creyeron en él allí.

Palabra del Señor
 
Poema:
Soneto a la unidad del alma de Francisco Luis Bernárdez
 
Yo que tengo la voz desparramada,
yo que tengo el afecto dividido,
yo que sobre las cosas he vivido
siempre con la memoria derramada;

yo que fui por la tierra desolada,
yo que fui bajo el cielo prometido
con el entendimiento repartido
y con la voluntad multiplicada;

quiero poner ahora la energía
de la memoria, del entendimiento
y de la voluntad en armonía

con la Memoria que no olvida nunca
con el Entendimiento siempre atento
y con la Voluntad que no se trunca. 
 
Breve comentario
 
La ceguera de los judíos no tiene remedio. Ni con el testimonio evidente de las obras del Señor se convencen de que aquél que dice ser Hijo de Dios lo es. Mucho menos entienden la cita que les trae de las Escrituras. El hombre que sigue y cumple la palabra del Padre se hace dios de sí mismo y de su vida, pues participa de la verdad, la vive y la conoce. 
 
Dios, siendo tres Personas, es una unidad perfecta: no hay división ni distancia alguna entre su palabra y sus actos, entre sus intenciones y sus realizaciones, entre su pensamiento y su conocimiento, entre su amor y su verdad. Desgraciadamente, como todos sabemos, los hombres no gozamos de esa coherencia o cohesión ontológica, aunque participamos de ella. Los judíos se consideraban una unidad perfecta en su seguimiento a Dios, y no eran más que, por así decir, una unidad perfecta en la ceguera y el error hacia Dios. 

No nos costaría nada en identificarnos con el retrato que hace el poeta de sí como persona dispersa, poco integrada, incoherente e inconstante, internamente dividido. Nuestra fragilidad de criaturas nos hace implorar al Señor esa solidez que nos falta en su seguimiento, pues nuestras palabras y nuestros actos no suelen corresponder, menos aún el fin de nuestras obras con las motivaciones que las originaron, lo que pensamos con lo que conocemos, ni incluso lo que decimos amar con la verdad de nuestra vida. Como a los judíos que, preocupados en amarse a sí mismos, decían amar a Dios. El poeta, buscando la unidad del alma que le falta ante su dispersión, apela a la unidad del alma divina para lograrlo, con la Memoria que nunca olvida, el Entendimiento que siempre atiende a la verdad del ser, y con su Voluntad inquebrantable. Estos rasgos se distinguen en el Señor en su palabra, en sus actitudes, en sus obras y, en definitiva, en su vida. 
 
Dios quiera y haga posible que durante esta Semana Santa que está a punto de comenzar, sepamos distinguir esta profunda coherencia divina en todos los acontecimientos que vamos a revivir en estos días: el anuncio de la palabra, su entrega en la Pasión y en la crufixión, su muerte y su resurrección. Que así sea. 

jueves, 6 de abril de 2017

Lecturas del día, jueves, 6 de abril. Poema "Señor: yo sé de la belleza Tuya" de José María Pemán. Breve comentario


Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (17,3-9):

En aquellos días, Abrán cayó rostro en tierra y Dios le habló así: «Por mi parte, esta es mi alianza contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos. Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos. Te haré fecundo sobremanera: sacaré pueblos de ti, y reyes nacerán de ti. Mantendré mi alianza contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como alianza perpetua. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como posesión perpetua, y seré su Dios». El Señor añadió a Abrahán: «Por tu parte, guarda mi alianza, tú y tus descendientes en sucesivas generaciones».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 104,4-5.6-7.8-9

R/.
El Señor se acuerda de su alianza eternamente

Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca. R/.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.

Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (8,51-59):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre». Los judíos le dijeron: «Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre”? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?». Jesús contestó: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”, aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera “No lo conozco” sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría». Los judíos le dijeron: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy». Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

Palabra del Señor

Poema:
"Señor: yo sé de la belleza Tuya" de José María Pemán

Señor: yo sé de la belleza
Tuya, porque es igual
al hueco que en mi espíritu
tiene escarbada la inquietud sin paz.

Te conozco, Señor, por lo que siento
que me sobra en deseo y en afán:
¡porque el vacío de mi descontento
tiene el tamaño de tu inmensidad!

Breve comentario

Se repiten una y otra vez los desencuentros del Señor con los judíos; se va notando que nos acercamos a su Pasión. Los judíos no sólo no entienden el lenguaje de Jesús porque les parezca contradictorio, además de blasfemo, sino porque ellos se sienten muy seguros de su relación con Dios. Fieles cumplidores de la ley, creen que su relación con el Padre es la óptima; y desde esa confianza en la propia perfección de su práctica religiosa pueden juzgar las palabras de Jesús. Evidentemente, no entienden a Jesús como no han entendido ya nada de las exigencias de Dios Padre. Así, ni creen en el Hijo ni siguen ni han seguido en verdad nunca al Padre.

Por esto hace énfasis el Señor en el verdadero cumplimiento de la Palabra que Él representa de forma perfecta y plena. Sólo los que la cumplan no morirán. La persecución a Jesús evoca la persecución a los profetas y la debilidad de este pueblo para ser fiel a los mandatos de la ley de Dios, pues no han entendido la clase de rigor y la clase de fidelidad que espera de ellos, que es una transformación radical del corazón, no un mero cumplimiento administrativo de preceptos. Esa pregunta que acusa de insolencia al Señor, "¿por quién te tienes?", se la deberían aplicar a ellos mismos. 

El hecho es que es una pregunta con plena vigencia para el hombre contemporáneo, que se tiene a sí mismo como el único dios de su vida. Seamos todos conscientes que nuestro cumplimiento de su palabra es pobre o mediocre, y en tanto que ello es así (y siempre es así), estamos necesitados de la ayuda del Señor. Haciendo énfasis en que la ley de Dios no es ley porque obligue a un cumplimiento superficial o formal, sino que sus mandatos están directamente relacionados a nuestras necesidades más íntimas de comprensión y amor. Por ello, el poema de Pemán apunta en la buena dirección al recordarnos que nuestra relación con el Señor no debe basarse en nuestra suficiencia o voluntad, sino en nuestras carencias y debilidades para ser conscientes de nuestra necesidad de Él. Nunca se ama lo debido, lo que Dios nos pide, que ese es el mandamiento que fundamenta todos los demás; menos aún cuando nos sentimos dioses de nosotros mismos. Con todo, Pemán cae también en un cierto orgullo, pues entra a comparar nuestra insuficiencia con la grandeza del Señor. Ésta última es incomparable con nada humano, con nada, por definición, ni siquiera con nuestro dolor de criaturas. Mi descontento simplemente presenta el tamaño de mis miserias. De la inmensidad del Señor no puedo hacerme siquiera la menor idea. Como licencia poética, sirva. Pero cuidado también con que hagamos de la humildad un timbre de gloria personal: eso es también un orgullo del que Dios abomina. 

martes, 4 de abril de 2017

Lecturas del día, martes, 4 de abril. Poema "Si nadie entiende..." de Ernestina de Champourcin. Breve comentario

Primera lectura
Lectura del libro de los Números (21,4-9):

En aquellos días, desde el monte Hor se encaminaron los hebreos hacia el mar Rojo, rodeando el territorio de Edón. El pueblo se cansó de caminar y habló contra Dios y contra Moisés: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náuseas ese pan sin sustancia». El Señor envió contra el pueblo serpientes abrasadoras, que los mordían, y murieron muchos de Israel. Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo: «Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes». Moisés rezó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió: «Haz una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla». Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 101,2-3.16-18.19-21

R/.
Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti


Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mí;
cuando te invoco,
escúchame enseguida. R/.

Los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones. R/.

Quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (8,21-30):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros». Y los judíos comentaban: «¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?». Y él les dijo: «Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados». Ellos le decían: «¿Quién eres tú?». Jesús les contestó: «Lo que os estoy diciendo desde el principio. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me ha enviado es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él». Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre. Y entonces dijo Jesús: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada». Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.

Palabra del Señor

Poema:
"Si nadie entiende..." de Ernestina de Champourcin 

Si nadie entiende,
         ¿qué importa?


Si juzgan a flor de piel,
        ¿qué importa?

Si me van dejando sola,
        ¿qué importa?
 
Mientras Tu sigas estando,
        ¿qué importa?

Mientras mi fe no se quiebre,
        ¿qué importa?
 
Camino por tu camino.
Las demás sendas,
        ¿qué importan?

Más allá de las palabras, del mundo,
de otros caminos, Tú eres
        ¡y es lo que importa! 


Breve comentario

Quien es del mundo, es decir, quien pone su mirada, su interés y sus ideales en la vida terrenal y contingente, le suele ser muy difícil comprender las cosas del cielo. Tiene su lógica: quien siempre está mirando al suelo, no verá nunca el horizonte. Dios no nos exige, o no a la mayoría al menos, que nos desentendamos por completo del mundo, sino que sea Él el centro de nuestras preferencias. Podemos poner en todos nuestros intereses y actividades cotidianas a Dios en el centro de los mismos: Dios en nuestra familia, Dios en nuestro trabajo; Dios en nuestro ocio; Dios en nuestras relaciones humanas; Dios en nuestras dichas y en nuestras desgracias... Poner a Dios en todo es posible aun en medio de un mundo como este. No es fácil, sin duda, pues como vimos ayer, nuestra debilidad en el pecado hace que rápidamente el mundo tome el lugar que debería ocupar Dios: esa rivalidad con el compañero de trabajo, esa chica preciosa que nos ha sonreído, ese conflicto con el pariente que está enquistado, el vecino insoportable, el pago de los impuestos, ese maldito dolor de espalda que no se va, nuestros insufribles dirigentes... No es fácil, no. Ciertamente los que se han consagrado a la vida contemplativa lo tienen un poco más sencillo que los que estamos en mitad de esta selva de egos. Pero el Señor quiere para cada uno una forma de vida con la que darle gloria; y debemos descubrir como tarea esencial cuál es nuestra vocación para servirle mejor. No todos podemos ser contemplativos. Por desgracia...

Los judíos, centrados en sí mismos, en el cumplimiento de la ley desde el orgullo de saberse los elegidos por Dios, no se enteran de quién tenían en frente: al que esperaban. Y aún siguen esperando después de dos mil años de su venida, y de todo el devenir histórico del cristianismo desde entonces, y de los actuales 2200 millones de bautizados en el Señor, sumando católicos, protestantes y ortodoxos, lo que representa un tercio de la población mundial, el grupo religioso más numeroso del planeta. Pero ahí siguen sin darse por enterados un 0,2 por ciento de la humanidad, unas veinte millones de personas. Nuestros hermanos mayores en la fe son gente decididamente obstinada. Y la obstinación no siempre supone lucidez.

Pero está en la naturaleza libre del hombre el que algunos se conviertan y otros no. Es un misterio el que Dios nos quisiera libres y a la vez frágiles o fáciles para utilizar mal nuestra libertad. Si no le reconocemos, ya estemos bautizados o no, seamos judíos o católicos, si vivimos como si Dios no existiera, ciertamente moriremos de nuestros pecados. Ayer veíamos cómo el Señor perdonó a la adúltera. No sabemos lo que ésta hizo después con su vida; si hubo una conversión de vida o no. Si el perdón del Señor sólo le supuso que la salvase del trance de ser lapidada, esa mujer siguió tan ciega como los judíos del evangelio de hoy, y si siguió en la misma dinámica de vida, esa mujer probablemente acabaría tarde o temprano bajo las piedras de sus lapidadores, y lo que es aún peor, en la lapidación eterna del infierno. No es baladí el que reconozcamos a Dios en nuestras vidas; de lo contrario, moriremos por nuestros pecados.     

lunes, 3 de abril de 2017

Lecturas del día, lunes, 3 de abril. Poema "A la conversión de un pecador" de Juan Boscán. Breve comentario


Primera lectura

Lectura del libro de Daniel (13,1-9.15-17.19-30.33-62):

En aquellos días, vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado con Susana, hija de Jelcías, mujer muy bella y temerosa del Señor. Sus padres eran justos y habían educado a su hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico y tenía un jardín junto a su casa; y como era el más respetado de todos, los judíos solían reunirse allí. Aquel año fueron designados jueces dos ancianos del pueblo, de esos que el Señor denuncia diciendo: «En Babilonia la maldad ha brotado de los viejos jueces, que pasan por guías del pueblo». Solían ir a casa de Joaquín, y los que tenían pleitos que resolver acudían a ellos. A mediodía, cuando la gente se marchaba, Susana salía a pasear por el jardín de su marido. Los dos ancianos la veían a diario, cuando salía a pasear, y sintieron deseos de ella. Pervirtieron sus pensamientos y desviaron los ojos para no mirar al cielo, ni acordarse de sus justas leyes. Sucedió que, mientras aguardaban ellos el día conveniente, salió ella como los tres días anteriores sola con dos criadas, y tuvo ganas de bañarse en el jardín, porque hacía mucho calor. No había allí nadie, excepto los dos ancianos escondidos y acechándola. Susana dijo a las criadas: «Traedme el perfume y las cremas y cerrad la puerta del jardín mientras me baño». Apenas salieron las criadas, se levantaron los dos ancianos, corrieron hacia ella y le dijeron: «Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos deseos de ti; así que consiente y acuéstate con nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que un joven estaba contigo y que por eso habías despachado a las criadas». Susana lanzó un gemido y dijo: «No tengo salida: si hago eso, mereceré la muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Pero prefiero no hacerlo y caer en vuestras manos antes que pecar delante del Señor». Susana se puso a gritar, y los dos ancianos, por su parte, se pusieron también a gritar contra ella. Uno de ellos fue corriendo y abrió la puerta del jardín. Al oír los gritos en el jardín, la servidumbre vino corriendo por la puerta lateral a ver qué le había pasado. Cuando los ancianos contaron su historia, los criados quedaron abochornados, porque Susana nunca había dado que hablar. Al día siguiente, cuando la gente vino a casa de Joaquín, su marido, vinieron también los dos ancianos con el propósito criminal de hacer morir a Susana. En presencia del pueblo ordenaron: «Id a buscar a Susana, hija de Jelcías, mujer de Joaquín». Fueron a buscarla, y vino ella con sus padres, hijos y parientes. Toda su familia y cuantos la veían lloraban. Entonces los dos ancianos se levantaron en medio de la asamblea y pusieron las manos sobre la cabeza de Susana. Ella, llorando, levantó la vista al cielo, porque su corazón confiaba en el Señor. Los ancianos declararon: «Mientras paseábamos nosotros solos por el jardín, salió esta con dos criadas, cerró la puerta del jardín y despidió a las criadas. Entonces se le acercó un joven que estaba escondido y se acostó con ella.
Nosotros estábamos en un rincón del jardín y, al ver aquella maldad, corrimos hacia ellos. Los vimos abrazados, pero no pudimos sujetar al joven, porque era más fuerte que nosotros, y, abriendo la puerta, salió corriendo. En cambio, a esta le echamos mano y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decírnoslo. Damos testimonio de ello». Como eran ancianos del pueblo y jueces, la asamblea los creyó y la condenó a muerte. Susana dijo gritando: «Dios eterno, que ves lo escondido, que lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que han dado falso testimonio contra mí, y ahora tengo que morir, siendo inocente de lo que su maldad ha inventado contra mí». Y el Señor escuchó su voz. Mientras la llevaban para ejecutarla, Dios suscitó el espíritu santo en un muchacho llamado Daniel; y este dio una gran voz: «Yo soy inocente de la sangre de esta». Toda la gente se volvió a mirarlo, y le preguntaron: «Qué es lo que estás diciendo?». Él, plantado en medio de ellos, les contestó: «Pero ¿estáis locos, hijos de Israel? ¿Conque, sin discutir la causa ni conocer la verdad condenáis a una hija de Israel? Volved al tribunal, porque esos han dado falso testimonio contra ella».
La gente volvió a toda prisa, y los ancianos le dijeron: «Ven, siéntate con nosotros e infórmanos, porque Dios mismo te ha dado la ancianidad». Daniel les dijo: «Separadlos lejos uno del otro, que los voy a interrogar». Cuando estuvieron separados el uno del otro, él llamó a uno de ellos y le dijo:
«¡Envejecido en días y en crímenes! Ahora vuelven tus pecados pasados, cuando dabas sentencias injustas condenando inocentes y absolviendo culpables, contra el mandato del Señor: “No matarás al inocente ni al justo”. Ahora, puesto que tú la viste, dime debajo de qué árbol los viste abrazados».
Él contestó: «Debajo de una acacia». Respondió Daniel: «Tu calumnia se vuelve contra ti. Un ángel de Dios ha recibido ya la sentencia divina y te va a partir por medio».Lo apartó, mandó traer al otro y le dijo:«Hijo de Canaán, y no de Judá! La belleza te sedujo y la pasión pervirtió tu corazón. Lo mismo hacíais con las mujeres israelitas, y ellas por miedo se acostaban con vosotros; pero una mujer judía no ha tolerado vuestra maldad. Ahora dime: ¿bajo qué árbol los sorprendiste abrazados?». Él contestó: «Debajo de una encina». Replicó Daniel: «Tu calumnia también se vuelve contra ti. El ángel de Dios aguarda con la espada para dividirte por medio. Y así acabará con vosotros». Entonces toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos ancianos, a quienes Daniel había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión, e hicieron con ellos lo mismo que ellos habían tramado contra el prójimo. Les aplicaron la ley de Moisés y los ajusticiaron. Aquel día se salvó una vida inocente.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 22,1-3a.3b-4.5.6

R/.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo


El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mí copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (8,1-11):

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Palabra del Señor

Poema:
A la conversión de un pecador de Juan Boscán

Señor, estoy de vos tan alcanzado,
cuando el discurso al contemplar permito,
que, aunque me habéis sufrido de infinito,
representáis paciencia de olvidado.

Yo que dormí, de vuestra voz llamado,
hoy despierto a la voz de mi delito,
y al primer dolor de verle escrito
le dais los privilegios de borrado.

Deuda, Señor, es ya, no confianza,
pensar que el dolor, el sacrificio,
grato aroma se salve donde ascienda.

Aun me dejáis sin dudas la esperanza,
que quien trocó la ofensa en beneficio,
¿qué mérito dará a la misma ofrenda? 


Breve comentario

Ya lo hemos dicho en otras ocasiones: no somos mejores que nadie. Si una consecuencia debe tener seguir a Cristo es tomar conciencia de nuestra propia debilidad, de la necesidad de implorar misericordia a quien es la fuente de la misma. Uno de los espectáculos más penosos, y por desgracia no infrecuente entre no pocos cristianos, es el de situarse en una suerte de atalaya moral y, desde allí, condenar la debilidad "ajena". El orgullo en el cristiano es uno de los peores pecados, tal vez el peor. Es cierto que somos beneficiados y elegidos por la gracia del Señor que nos ha regalado con el don de la fe, pero jamás por mérito alguno nuestro (de lo contrario no sería gracia, sino recompensa, compensación). Si acaso, deberíamos considerarnos elegidos no por nuestras cualidades, sino porque seamos más miserables que la media, pues éstos son los preferidos del Señor, los que más necesitan de su auxilio. El orgullo jamás perdona: simplemente condesciende, o, como decimos coloquialmente, nos "perdona la vida."

Las autoridades judías quieren poner una vez más a prueba al Señor trayendo a su presencia a una mujer sorprendida en adulterio. Si la absuelve, significaría que el Señor sanciona como no reprobable el acto pecaminoso de la mujer, lo que supondría una violación de la ley judía; si la condena con otra pena que no sea la lapidación, también implicaría un incumplimiento de la misma. En definitiva, sólo cabe para los judíos fieles y ortodoxos una salida. Los judíos habían construido su orgullo no sólo por la elección de Dios como su pueblo predilecto, sino por el grado de cumplimiento de los numerosos preceptos de la ley, que era la forma de establecer una relación duradera, fiable y digna con Yahvé. Las autoridades judías, fieles guardianes de las esencias, mantenían con rigor esta situación moral y espiritual, de la cual no se contemplaba la menor desviación. Cuando se pierde la perspectiva del porqué hacemos lo que hacemos, y se cae en un cumplimiento rutinario u obsesivo, se desvitaliza la práctica en este caso religiosa y se tiende a caer en todo tipo de actitudes que representan vicios y rutinas a pesar de ese cumplimiento. El de las autoridades era eminentemente el del orgullo. Sintiéndose superiores al resto de los mortales, y amparados en su función social, no dudaban en aplicar los preceptos con un espíritu que no era ya el de la ley, sino desde el orgullo más implacable. Desde este sentimiento de superioridad, ponen a prueba al Señor.

¿Y cómo responde Jesús? ¿Aprueba el acto de la mujer que cometía adulterio?; ¿a Cristo le parece bien el adulterio? No; pero tampoco aplica la ley de Moisés desde el orgullo de los judíos ortodoxos: Jesús no viene a abolir la ley, sino a darle plenitud. El acto es, en efecto, condenable; pero la condena no debe ser la lapidación, sino la conversión de vida, el arrepentimiento del pecador, darle la posibilidad de recomenzar su vida desde nuevas bases y evitar así la caída en los viejos errores. Y ello sólo puede hacerse desde el perdón, desde la misericordia. La condena a muerte es irreversible: es simplemente condena, castigo; no cabe recuperación posible. ¿Cómo logra el Señor introducir la conciencia del perdón a unas personas educadas en el ojo por ojo y diente por diente? Atacando su orgullo de seres perfectos e inmaculados: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». De repente, todos comprenden que son pecadores, que no son mejores que aquella mujer, que seguramente todos (comenzando por los más viejos -no olvidemos los viejos jueces corruptos que querían yacer con Susana, de la primera lectura-, que son los primeros que se marchan, pues por ley de vida son los que más años llevan pecando) han cometido adulterio al menos de pensamiento cada vez que han deseado a mujeres que no eran sus esposas, y hasta fuera muy posible que hubieran deseado a la mujer que iban a lapidar. En la psicología del orgullo se distingue muy bien un hecho, que en este caso se refleja con toda nitidez. El que se considera superior a los demás tiende a considerar sus defectos como algo ajeno, o, en caso de ser evidentes, como propiciados por los otros. Estos judíos envanecidos podían sentir deseos por acostarse con aquella mujer, pero la culpa de tal error no sería nunca imputable a ellos, sino a la condición inmoral de aquella: su excesiva belleza, su coquetería, su actitud impúdica (¡aunque fuera una mujer de lo más pudorosa en sus actitudes!).

Para la mujer el Señor reserva toda su comprensión, pero haciéndole saber que también para Él, en efecto, ha pecado: "Anda, y en adelante no peques más." La perdona, pero le dice que ha pecado; es más, que no debe volver a pecar. El perdón no sólo supone una nueva oportunidad, sino que, como decíamos más arriba, exige arrepentimiento, conversión, enmienda. Esto es lo que hace posible el amor de Dios a todos nosotros, pecadores de todos los pecados que queremos ser curados por la misericordia de Dios.  

domingo, 2 de abril de 2017

Lecturas del día, domingo, 2 de abril. Poema "Tengo estos huesos hechos a las penas..." de Miguel Hernández. Breve comentario


Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (37,12-14):

Así dice el Señor: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago.» Oráculo del Señor.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 129,1-2.3-4ab.4c-6.7-8

R/.
Del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa


Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz,
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R/.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto. R/.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. R/.

Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,8-11):

Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45):

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.» Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.» Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.» Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.» Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?» Le contestaron: «Señor, ven a verlo.» Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!» Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?» Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: «Quitad la losa.» Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.» Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.» El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.» Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra del Señor

Poema:
"Tengo estos huesos hechos a las penas..." de Miguel Hernández

Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
penas que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.

Como el mar de la playa a las arenas,
voy en este naufragio de vaivenes,
por una noche oscura de sartenes
redondas, pobres, tristes y morenas.

Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu amor, la tabla que procuro,
si no es tu voz, el norte que pretendo.

Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro,
voy entre pena y pena sonriendo. 


Breve comentario

Si todos los milagros manifiestan el poder del Señor de un modo inequívoco, la resurrección de los muertos es el milagro por excelencia, la máxima manifestación de su realeza divina. Dominar sobre la muerte es la victoria última y definitiva, el signo del carácter mesiánico del Señor, de salvación del alma humana sobre todo sufrimiento.

Sin embargo, cabría hablar de que en la vida de toda persona existen muchas muertes posibles, no sólo la estrictamente física. Y de todas ellas debemos y podemos resucitar con la gracia de Dios. Durante nuestra existencia acumulamos heridas de todo tipo, algunas de ellas muy graves, que provocan efectos a su vez muy graves, verdaderas necrosis del alma o deformaciones que impiden un desarrollo vital adecuado. Suelen ser aspectos parciales, más o menos restringidos, pero que denotan su carácter de muerte. Por si fuera poco, estamos marcados todos por la más grande herida, la del pecado, que nos hace sufrir con independencia de las otras heridas recibidas. Verdaderamente en la vida de cualquiera pueden coexistir multitud de muertes. 

De algunas, incluso graves, podemos salir con nuestra voluntad, apoyados en una conciencia y un juicio rectos. Pero en la medida que las heridas se vayan acumulando y sean en verdad graves y extensas, menos podemos hacer para salir de semejantes muertes por nosotros mismos. En última (que es primera, no se me entienda mal) instancia, sólo la ayuda de la gracia nos puede alzar de nuestras más irresolubles miserias. Pero la gracia actúa de manera misteriosa, como todo lo que procede de Dios. Tiene sus tiempos, sus ritmos, su oportunidad, con criterios que sólo Él conoce. Por nuestra parte, debemos implorarla, estar abiertos a ella y saber esperarla. De nada sirven las impaciencias, el provocar en Dios alguna respuesta, el intentar seducirlo, por así decir, para que nos libre de las espinas que nos punza. Siempre el sufrimiento posee una dimensión que a nosotros se nos escapa, pero que es portador de un sentido fundamental de nuestra vida. Que no veamos las causas de lo que nos ocurre y que no sepamos cómo solucionarlo no significa que sea una experiencia fatal o absurda.

Tampoco vale de nada sobrerresponsabilizar al alma de aquello de lo que no logra liberarse. La mortificación no tiene sentido en un alma ya interiormente mortificada. Se sorprendería más de uno cuán torturados están por dentro muchos espíritus que se abandonan a los placeres más evidentes o rotundos. El abandono al pecado en no pocos de esos casos es una forma bastante desesperada de huir (ya que no de llenar) de un vacío interior, por el cual sangran una y otra vez. Afortunadamente Dios ve las circunstancias de cada alma, aunque una mala dirección espiritual (y las hay pésimas) puede hacer mucho daño y empeorar las cosas.

En definitiva, abrámonos al poder de Dios que vence a toda muerte, y sepamos esperar su venida poniendo de nuestra parte todo lo que esté en nuestra mano. La resurrección de Lázaro no se debe a un mero sentimentalismo del Señor hacia él y su familia, por más que se conmueva como el hombre que es ante la muerte de un amigo muy querido; lo que resultó definitivo fue la fe de Marta, de María y la de Lázaro mientras estuvo vivo. Desde allí, Dios actuó. Y desde allí actuará en nosotros también. No lo dudemos, amigos. Mientras, intentemos vivir lo más cristianamente que podamos y que las circunstancias nos permitan (que no todo depende de nosotros), y sabiendo de nuestra íntima esperanza en el Señor, no es mal consejo el del poeta: ir "entre pena y pena sonriendo." 

sábado, 1 de abril de 2017

Lecturas del día, sábado, 1 de abril. Poema "Cántico" de Leopoldo Panero. Breve comentario


Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (11,18-20):

El Señor me instruyó, y comprendí,
me explicó todas sus intrigas.
Yo, como manso cordero,
era llevado al matadero;
desconocía los planes
que estaban urdiendo contra mí:
«Talemos el árbol en su lozanía,
arranquémoslo de la tierra de los vivos,
que jamás se pronuncie su nombre».
Señor del universo,
que juzgas rectamente,
que examinas las entrañas y el corazón,
deja que yo pueda ver
cómo te vengas de ellos,
pues a ti he confiado mi causa.
Palabra de Dios

Salmo

Sal 7,2-3.9bc-10.11-12

R/.
Señor, Dios mío, a ti me acojo

Señor, Dios mío, a ti me acojo,
líbrame de mis perseguidores y sálvame;
que no me atrapen como leones
y me desgarren sin remedio. R/.

Júzgame, Señor, según mi justicia,
según la inocencia que hay en mí.
Cese la maldad de los culpables,
y apoya tú al inocente,
tú que sondeas el corazón y las entrañas,
tú, el Dios justo. R/.

Mi escudo es Dios,
que salva a los rectos de corazón.
Dios es un juez justo,
Dios amenaza cada día. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (7,40-53):

En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían: «Este es de verdad el profeta». Otros decían: «Este es el Mesías». Pero otros decían: «¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?». Y así surgió entre la gente una discordia por su causa. Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima. Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y estos les dijeron: «¿Por qué no lo habéis traído?». Los guardias respondieron: «Jamás ha hablado nadie como ese hombre». Los fariseos les replicaron: «También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos». Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo: «¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?». Ellos le replicaron: «¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas». Y se volvieron cada uno a su casa.

Palabra del Señor

Poema:
Cántico de Leopoldo Panero

Es verdad tu hermosura. Es verdad. ¡Cómo entra
la luz al corazón! ¡Cómo aspira tu aroma
de tierra en primavera el alma que te encuentra!
Es verdad. Tu piel tiene penumbra de paloma.

Tus ojos tienen toda la dulzura que existe.
Como un ave remota sobre el mar tu alma vuela.
Es más verdad lo diáfano desde que tú naciste.
Es verdad. Tu pie tiene costumbre de gacela.

Es verdad que la tierra es hermosa y que canta
el ruiseñor. La noche es más alta en tu frente.
Tu voz es la encendida mudez de tu garganta.
Tu palabra es tan honda, que apenas si se siente.

Es verdad el milagro. Todo cuanto ha nacido
descifra en tu hermosura su nombre verdadero.
Tu cansancio es espíritu, y un proyecto de olvido
silencioso y viviente, como todo sendero.

Tu amor une mis días y mis noches de abeja.
Hace de mi esperanza un clavel gota a gota.
Desvela mis pisadas y en mi sueño se aleja,
mientras la tierra humilde de mi destino brota.

¡Gracias os doy, Dios mío, por el amor que llena
mi soledad de pájaros como una selva mía!
Gracias porque mi vida se siente como ajena,
porque es una promesa continua mi alegría,

porque es de trigo alegre su cabello en mi mano,
porque igual que la orilla de un lago es su hermosura,
porque es como la escarcha del campo castellano
el verde recién hecho de su mirada pura.

No sé la tierra fija de mi ser. No sé dónde
empieza este sonido del alma y de la brisa,
que en mi pecho golpea, y en mi pecho responde,
como el agua en la piedra, como el niño en la risa.

No sé si estoy ya muerto. No lo sé. No sé, cuando
te miro, si es la noche lo que miro sin verte.
No sé si es el silencio del corazón temblando
o si escucho la música íntima de la muerte.

Pero es verdad el tiempo que transcurre conmigo.
Es verdad que los ojos empapan el recuerdo
para siempre al mirarte, ¡para siempre contigo,
en la muerte que alcanzo y en la vida que pierdo!

La esperanza es la sola verdad que el hombre inventa.
Y es la verdad la esperanza, y es su límite anhelo
de juventud eterna, que aquí se transparenta
igual que la ceniza de una sombra en el suelo.

Tú eres como una isla desconocida y triste,
mecida por las aguas, que suenan, noche y día,
más lejos y más dulce de todo lo que existe,
en un rincón del alma con nombre de bahía.

Lo más mío que tengo eres tú. Tu palabra
va haciendo débilmente mi soledad más pura.
¡Haz que la tierra antigua del corazón se abra
y que sientan cerca la muerte y la hermosura!

Haz de mi voluntad un vínculo creciente.
Haz melliza de niño la pureza del hombre.
Haz la mano que tocas de nieve adolescente
y de espuma mis huesos al pronunciar tu nombre.

El tiempo ya no existe. Sólo el alma respira.
Sólo la muerte tiene presencia y sacramento.
Desnudo y retirado, mi corazón te mira.
Es verdad. Tu hermosura me borra el pensamiento.

Tengo aquí mi ventura. Tengo la muerte sola.
Tengo en paz mi alegría y mi dolor en calma.
A través de mi pecho de varón que se inmola
van corriendo las frescas acequias de tu alma.

La presencia de Dios eres tú. Mi agonía
empieza poco a poco como la sed. ¡Tú eres
la palabra que el Ángel declaraba a María,
anunciando a la muerte la unidad de los seres!

Breve comentario

A nada que en el corazón del hombre se mantenga un resto incontaminado, la presencia de la verdad no pasa desapercibida, y se podría decir que se impone por sí misma. De hecho, para que la verdad no brille, la mentira en todas sus formas debe realizar esfuerzos denodados y duraderos. Así lo vemos hoy en Occidente con verdadero pasmo: qué esfuerzo legislativo aprobando una y otra vez no-leyes (es decir, falsas leyes que no poseen capacidad de obligar a una conciencia recta dada la inmoralidad de sus contenidos), cuánta deseducación, cuánta burda propaganda, qué campañas en casi todos los medios de comunicación, cuánto fervor ideológico, cuánta unanimidad política, cuánto despliegue institucional y presupuestario, cuántas grandes empresas apoyando e invirtiendo dinero para hacer prevalecer la mentira: el aborto, la ideología de género y su homosexualismo irrespirable, los falsos derechos inhumanos, el divorcio, la eutanasia, la anticoncepción, la sexualidad banalizada, la destrucción del matrimonio y de la familia natural, de la paternidad, de la maternidad y de la infancia constituida ya como terreno a pervertir, del sentido de la autoridad y del sentido de la obediencia... En definitiva, cuánto esfuerzo para odiar a Dios y su obra, para expulsarlo del corazón de cada uno de los hombres, para matarlo una y otra vez, en sucesivas crucifixiones...

Pero la verdad posee una fuerza que ninguna otra realidad alcanza. La verdad es el cimiento y la esencia misma del ser, de todo lo que es, de la existencia de todo ente. Y en el hombre en particular esto es una evidencia palmaria, pues no en vano estamos hechos a imagen y semejanza del Creador. Para desviar el cauce de este poderosísimo río no hay obra humana de ingeniería posible. Es cierto que en nuestras culturas occidentales el despliegue hoy es máximo, como nunca antes en ningún periodo de la historia humana. Una razón envanecida de sus logros empíricos, se ha desligado del tronco de la fe del que es hija, para entrar en un creciente proceso delirante que camina de forma inexorable, si no lo detenemos, hacia nuestra destrucción. Destrucción que sería total, como individuos, como colectivo social y como civilización. Una razón desligada de su fuente lleva a la muerte como a su puerto natural. Y hacia allí caminamos con paso cada vez más firme.

Todo el excurso anterior viene justificado por el hecho que el evangelio destaca hoy. La verdad de Dios se abre de forma natural en el corazón de los sencillos (que no olvidemos que siempre son mayoría en todas las sociedades), a pesar del dominio cultural y religioso de siglos que las autoridades judías habían establecido a la hora de interpretar la Palabra de Dios. Las gentes oyen a Jesús predicar y quedan enamorados de su palabra, de su autoridad, de su sabiduría, de su comprensión, de su sencillez y apertura, de su coherencia, del amor que subyace en todo lo que dice, muestra y defiende, en perfecta unidad de sentido. La Verdad se impone por sí misma. Así, son "embaucados", en palabras de los defensores del pensamiento único y políticamente correcto, fariseos de buen corazón y buen entendimiento, los guardias del templo («Jamás ha hablado nadie como ese hombre», confiesan con conmovedora sencillez estos hombres encallecidos por su labor y sometidos a disciplina, a pesar de lo cual les resultó imposible detenerle ante tanta belleza) y una multitud de personas que perciben con claridad lo bueno, bello y verdadero allí donde lo encuentran, aunque no posean formación ni estudios. Y como ahora, aunque en proporciones muy inferiores a lo que padecemos hoy, los dirigentes del judaísmo oficial desplegaron todos los medios que tuvieron a su alcance para neutralizarlo. Y como hoy, por más que lo crucificasen, la verdad resucita con toda su fuerza una y otra vez, con toda la evidencia de su belleza y de su bien.

Precisamente porque me recuerda al estado de arrobamiento que sentimos cuando estamos ante alguien verdaderamente atractivo, ante alguien que refleja verdad, integridad y plenitud, es por lo que he elegido el poema "Cántico" del poeta católico Leopoldo Panero, que no es más que un poema de amor. Fue escrito en pleno enamoramiento de la que sería su esposa, Felicidad Blanc, cuando eran unos jóvenes novios. Se da la circunstancia que en Leopoldo Panero coincidieron biográficamente el momento de su conversión a la fe (el poeta hasta entonces no era creyente) con su amor por Felicidad; de algún modo vivió una explosión de amor tanto en sentido vertical trascendente como en sentido horizontal inmanente. De nuevo, la verdad se impone, ¡y de qué forma en algunas ocasiones! Por ello me encanta esta confusión estética con la que juega el poeta a lo largo de la composición. ¿A quién le habla: a Dios, o a su amada? A los dos, pues aunque el desencadenante concreto fuera su mujer, lo cierto es que él reconoce que esa capacidad de amarla sólo le ha podido venir de su amor a Dios que entonces también comenzaba a descubrir. Para despejar cualquier duda, el título del poema evoca con toda intencionalidad el maravilloso "Cántico Espiritual" de san Juan de la Cruz, en el que también se describe a lo humano los amores místicos del alma que busca unirse a Dios (como sabemos, a su vez esta magna composición de nuestro místico abulense se inspiró en el bíblico Cantar de los Cantares).

Nada podrán, pues, a pesar de tanto despliegue, y por muchas crucifixiones a las que nos sometan (muerte social o incluso física, persecución y acoso, aislamiento y criminalización de nuestras convicciones, o tildarnos de talibanes, integristas, teocráticos, ultracatólicos o ultraderechistas, sectarios, fascistas, reprimidos, populistas u "opción inútil"), la verdad se impone por sí misma, pues estamos hechos para la Verdad y por la Verdad. No existe fuerza más poderosa e ingente que ésta. Como señala magníficamente en su último verso el poeta, anunciaremos "a la muerte la unidad de los seres."

viernes, 31 de marzo de 2017

Lecturas del día, viernes, 31 de marzo. Poema "El desconocido" de Pär Lagerkvist. Breve comentario

Primera lectura

Lectura del libro de la Sabiduría (2,1a.12-22):

Se decían los impíos, razonando equivocadamente:
«Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso:
se opone a nuestro modo de actuar,
nos reprocha las faltas contra la ley
y nos reprende contra la educación recibida;
presume de conocer a Dios
y se llama a sí mismo hijo de Dios.
Es un reproche contra nuestros criterios,
su sola presencia nos resulta insoportable.
Lleva una vida distinta de todos los demás
y va por caminos diferentes.
Nos considera moneda falsa
y nos esquiva como a impuros.
Proclama dichoso el destino de los justos,
y presume de tener por padre a Dios.
Veamos si es verdad lo que dice,
comprobando cómo es su muerte.
Si el justo es hijo de Dios, él lo auxiliará
y lo librará de las manos de sus enemigos.
Lo someteremos a ultrajes y torturas,
para conocer su temple y comprobar su resistencia.
Lo condenaremos a muerte ignominiosa,
pues, según dice, Dios lo salvará».
Así discurren, pero se equivocan,
pues los ciega su maldad.
Desconocen los misterios de Dios,
no esperan el premio de la santidad,
ni creen en la recompensa de una vida intachable.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 33,17-18.19-20,21.23

R/.
El Señor está cerca de los atribulados

El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias. R/.

El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor. R/.

Él cuida de todos sus huesos,
y ni uno solo se quebrará.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (7,1-2.10.25-30):

En aquel tiempo, recorría Jesús Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Una vez que sus hermanos se hubieron marchado a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas. Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron: «¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías? Pero este sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene». Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: «A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado». Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.

Palabra del Señor
 
Poema:
El desconocido de Pär Lagerkvist
 
Un desconocido es mi amigo,
uno a quien no conozco.
Un desconocido lejano, lejano...;
por él mi corazón está lleno de nostalgia.
Porque él no está cerca de mí.
¿Quizá porque no existe?
¿Quién eres tú que llenas mi corazón de tu ausencia,
que llenas toda la tierra de tu ausencia? 
 
Breve comentario
 
Dejemos a un lado la envidia de los malos hacia el justo, en la que se centra la primera lectura; tampoco consideremos ahora la actitud solícita del Señor con los que sufren por su nombre, como canta hoy el salmo. Centrémonos en un hecho que es relevante en el pasaje del evangelio de Juan, y que se halla relacionado con las dos realidades citadas en las otras dos lecturas litúrgicas. Los judíos odiaban a Jesús porque se hacía pasar nada menos que por el Mesías. Y digo se hacía pasar porque ellos parecían conocer muy bien quién era ese Jesús nazareno, y sobre todo quién debía ser el Mesías. De ese supuesto conocimiento surge todo el odio hacia su persona, toda la persecución y los anhelos de eliminarlo. Hay una dimensión humana en ese odio (envidia, la insultante brillantez y seguridad de Jesús, el modo en que denunciaba y sacaba a la luz sus flaquezas puramente humanas...), pero lo relevante en la lectura es que ellos, los judíos, sabían, conocían la verdad de la Palabra de Dios, y, en consecuencia, denunciaban la impostura de aquel sujeto que por su atrevimiento merecía el peor de los castigos.
 
Cuántas veces en la vida nos hemos encontrado con personas que creen conocernos, que saben lo que nos conviene, que leen en nuestro interior mejor que nosotros mismos. Suelen ser personas bienintencionadas, con sano afecto por nosotros; aunque también los hay que lo que buscan es el dominio del otro, o de algún modo dañarlo. Conocer a una persona lleva su tiempo, y exige no sólo un trato personal, sino también un contacto frecuente y fluido, una confianza, una preocupación, una atención, una amistad... Formado profesionalmente para conocer a otros, nunca dejan de sorprenderme los pacientes: el alma humana nunca se puede conocer y sondear en toda su plenitud, salvo para la mirada de Dios. Sin embargo, con no pequeña irresponsabilidad se entra en la vida de los demás a saco, se juzga desde no sé qué posición (o pedestal), y se muestra un conocimiento que no es más que presunción de intenciones y proyección de realidades que proceden del sujeto que juzga, no del sujeto juzgado.

Si ello ocurre así entre nosotros con demasiada frecuencia, qué diremos cuando la persona juzgada y "conocida" es Dios en la Persona de su Hijo. Los judíos no tenían la menor idea de ante quien estaban; sin embargo, su seguridad no era menor que su ignorancia: 'como sabemos quién eres, no puedes ser el Mesías', afirmaban categóricos. En su respuesta, Jesús intenta partir de esta ceguera para elevarles la mirada, para que trasciendan de sus prejuicios y su visión errónea: «A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado». El Señor con toda humildad y justicia no les humilla tildándolos de ignorantes; reconoce que algo saben (nacido en Belén, hijo de José y de María; artesano carpintero...), pero que su origen, aparte del que conocen, es otro que ellos no pueden conocer, pues sólo Él procede del mismo: de Dios. Lo que sí que conocemos bien es la reacción de los judíos. Creían conocer, y no tenían ni idea...

Por esto elijo hoy el poema de este poeta sueco. Dios es el desconocido por excelencia. Sabemos de Él lo que Él mismo nos ha revelado, y nada más. La Filosofía y la Teología pocos conocimientos pueden aportar más allá de categorías abstractas que, en gran medida, lo definen por contraste, por vía negativa (lo que es por lo que no es). Seamos, pues, humildes en el juicio de los demás, sobre todo cuando no conocemos sus realidades. No nos instalemos en una falsa suficiencia o sabiduría que ni poseemos ni Dios nos permite atesorar y menos aún ejercer. Y acerquémonos a Él, como a los demás, en un conocimiento que sólo proceda del amor. Y eso exige, antes que juicio y generalidades, cercanía, trato, humildad, sana apertura, cultivo de la confianza, de la esperanza, del amor, en definitiva.  

jueves, 30 de marzo de 2017

Lecturas del día, jueves, 30 de marzo. Poema "Oración" de León Felipe. Breve comentario

Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo (32,7-14):

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: «Anda, baja de la montaña, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un becerro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto”». Y el Señor añadió a Moisés: «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo». Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios: «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta? ¿Por qué han de decir los egipcios: “Con mala intención los sacó, para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra”? Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre”». Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 105,19-20.21-22.23

R/.
Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo

En Horeb se hicieron un becerro,
adoraron un ídolo de fundición;
cambiaron su gloria por la imagen
de un toro que come hierba. R/.

Se olvidaron de Dios, su salvador,
que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en la tierra de Cam,
portentos junto al mar Rojo. R/.

Dios hablaba ya de aniquilarlos;
pero Moisés, su elegido,
se puso en la brecha frente a él,
para apartar su cólera del exterminio. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (5,31-47):

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. Hay otro que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí. Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio en favor de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz. Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su rostro, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no lo creéis. Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida! No recibo gloria de los hombres; además, os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis. ¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».

Palabra del Señor
 
Poema:
Oración de León Felipe
 
Señor, yo te amo
porque juegas limpio;
sin trampas —sin milagros—;
porque dejas que salga,
paso a paso,
sin trucos —sin utopías—,
carta a carta,
sin cambios,
tu formidable
solitario. 
 
Breve comentario
 
En el evangelio de hoy, continuación del de ayer, Jesús hace patente ante los escribas y fariseos, en un ambiente de obvia hostilidad por parte de éstos, su identidad, su naturaleza y la misión que debe realizar. El Señor se presenta como el Hijo del Padre, aquel que hace en todo la voluntad de Dios, que es testimonio suyo, al que le es fiel siempre. El estupor de las autoridades judías era inconmensurable; pero ante este estupor Jesús les muestra que, en verdad, jamás han creído a los profetas que el Padre envío una y otra vez, a los que ejecutaron o traicionaron como norma general. Así, en la primera lectura se recuerda una de las más famosas infidelidades del pueblo judío durante el éxodo, tras su salida de Egipto dirigidos por Moisés. 
 
Es una tentación humana muy común el construirnos una imagen de Dios a la medida de nuestras debilidades. También les ocurrió a las autoridades del pueblo judío: su fe estaba muy lejos de lo que Dios quería. Entre los cristianos esta tendencia quedó dramáticamente consolidada con la mal llamada Reforma protestante: si el ideal me exige demasiado, transformo aquél en función de mis intereses o de mis perezas y negligencias. Con el libre examen o interpretación de las Escrituras de los protestantes quedó sancionado como camino de virtud y seguimiento lo que no es más que coartada al pecado, a la traición y al olvido del Señor, para servir al señor que gusta a nuestras debilidades. 
 
La exposición del Señor a los judíos es diáfana, limpia, transparente, con la integridad que remite a la Verdad, sin subterfugios, sin engaños, sin florituras retóricas, sin defenderse para mitigar el mensaje o preservar intereses egoístas. ¡Cuán necesitados estamos de estas actitudes ejemplares, de este amor a la Verdad y por la Verdad! Sin embargo, como redivivos judíos o católicos protestantizados, preferimos la comodidad de hacer del Señor hijo de nuestras miserias, y por si fuera poco, a este ejercicio llamarlo fe, virtud, compromiso... Compromiso con nuestro ego. Lo peor que el Señor nos puede decir el Día del Juicio es lo que hoy les dirige a los judíos: "os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros."
 
Pidamos al Señor un verdadero seguimiento de su ejemplo de vida. Y hoy, al menos, quedémonos fascinados de la pureza y divina virilidad de sus actitudes. Que esa sana fascinación por la belleza de su entrega, de la que se hace eco nuestro poeta ("Señor, yo te amo/ porque juegas limpio"), nos sirva de acicate para que no lo traicionemos. Y si caemos, sepamos levantarnos de inmediato para no perder el paso de su amor.   

martes, 28 de marzo de 2017

Lecturas del día, martes, 28 de marzo. Poema "Un sol" de Alfonsina Storni. Breve comentario


Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (47,1-9.12):

En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo del Señor. De debajo del umbral del templo corría agua hacia el este —el templo miraba al este—. El agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar. Me hizo salir por el pórtico septentrional y me llevó por fuera hasta el pórtico exterior que mira al este. El agua corría por el lado derecho. El hombre que llevaba el cordel en la mano salió hacia el este, midió quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta los tobillos. Midió otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta las rodillas. Midió todavía otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta la cintura. Midió otros quinientos metros: era ya un torrente que no se podía vadear, sino cruzar a nado. Entonces me dijo: «¿Has visto, hijo de hombre?» Después me condujo por la ribera del torrente. Al volver vi en ambas riberas del torrente una gran arboleda. Me dijo: «Estas aguas fluyen hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y desembocan en el mar de la Sal. Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán saneadas. Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente, tendrá vida; y habrá peces en abundancia. Porque apenas estas aguas hayan llegado hasta allí, habrán saneado el mar y habrá vida allí donde llegue el torrente. En ambas riberas del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; no se marchitarán sus hojas ni se acabarán sus frutos; darán nuevos frutos cada mes, porque las aguas del torrente fluyen del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 45,2-3.5-6.8-9

R/.
El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob


Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.
Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar. R/.

Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.
Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora. R/.

El Señor del universo está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (5,1-16):

Se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: «¿Quieres quedar sano?». El enfermo le contestó: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado». Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar». Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano: «Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla». Él les contestó: «El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?» Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, a causa del gentío que había en aquel sitio, se había alejado. Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice: «Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor». Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

Palabra del Señor

Poema:
Un sol de Alfonsina Storni

Mi corazón es como un dios sin lengua,
Mudo se está a la espera del milagro,
He amado mucho, todo amor fue magro,
Que todo amor lo conocí con mengua.

He amado hasta llorar, hasta morirme.
Amé hasta odiar, amé hasta la locura,
Pero yo espero algún amor natura
Capaz de renovarme y redimirme.

Amor que fructifique mi desierto
Y me haga brotar ramas sensitivas,
Soy una selva de raíces vivas,
Sólo el follaje suele estarse muerto.

¿En dónde está quien mi deseo alienta?
¿Me empobreció a sus ojos el ramaje?
Vulgar estorbo, pálido follaje
Distinto al tronco fiel que lo alimenta.

¿En dónde está el espíritu sombrío
De cuya opacidad brote la llama?
Ah, si mis mundos con su amor inflama
Yo seré incontenible como un río.

¿En dónde está el que con su amor me envuelva?
Ha de traer su gran verdad sabida...
Hielo y más hielo recogí en la vida:
Yo necesito un sol que me disuelva.

Breve comentario

Todas las curaciones milagrosas de Jesús parecen repetir un modelo o estructura. Alguien, un enfermo o necesitado, que sale al encuentro del Señor o que el Señor se encuentra con él, le pide ser curado; el Señor escucha la petición y accede a su deseo. Sin embargo, no hay una curación igual a otra; no es una mera repetición. Y no lo es no sólo porque las escenas y las circunstancias que las rodean varíen, o porque varíen las dolencias a las que el Señor se enfrenta: varían las personas. No hay dos ciegos iguales, ni dos cojos, ni dos paralíticos, como no hay dos personas iguales. El sufrimiento del hombre, siendo común en su naturaleza, se encarna en cada persona, y es en cada persona que Cristo actúa. Por ello no a todos cura del mismo modo. A muchos cura con su sola palabra; a otros los hace bañarse; a otros embadurna sus ojos con barro o sus oídos con saliva; otros son curados con sólo tocarle (unas veces el Señor es quien toca, y en otras se deja tocar). Después de la curación, a muchos les aconseja discreción y no revelar el hecho, o mostrarse prudentes; en otros casos, les manda respetar los preceptos de Moisés y les envía a presentar ofrendas al Templo; a todos, aunque a veces no lo exprese de forma manifiesta (o no lo ha registrado el evangelista), les manda que no vuelvan a pecar. 

En este caso, las circunstancias son especialmente penosas. Siempre resultan dramáticos los contrastes: en un lugar de multitudes, soledad y abandono; entre el ruido de la actividad humana, del ajetreo y la cháchara, el tremendo silencio de unas almas sin destino, sin futuro, bajo un sufrimiento estéril, repetido, que los sume en una impotencia sin fin. Posiblemente en ese cuadro dantesco (hoy diríamos tercermundista), Jesús se fijó en el caso más grave: un enfermo que llevaba casi cuarenta años padeciendo su mal (mal que no se especifica), tan debilitado ya que ni siquiera podía acceder al agua de la piscina. Y no puede acceder no ya por su enfermedad, sino porque está solo. Cuando el Señor le pregunta si quiere ser curado, el hombre no le responde con un sencillo sí, sino con una manifestación de humildad: él no aspira a tanto; sólo pretende poder mojar un poco su cuerpo con las aguas medicinales y sentir algo de consuelo. Lleva cuarenta años así; sabe que esas aguas no le curarán: se conforma en su sufrimiento a esperar lo posible. Y el Señor, por supuesto, se apiada de su dolor, que ya había invadido por completo el alma de esta persona. Las normas, mosaicas o cristianas, han de estar al servicio del hombre; no importa que sea sábado: el amor ha de actuar en cualquier momento.

Muchos hoy no estamos menos solos que ese hombre imposibilitado. Aunque nos podamos mover, aunque nuestro aspecto sea hasta saludable. Porque a la enfermedad de aquel hombre se le unía la enfermedad de una sociedad que dejaba a su suerte a las personas débiles, débiles por las razones que fueran. El papa Francisco habla con acierto de la "cultura del descarte": quienes no consigan alcanzar los requisitos que esta sociedad exige a sus miembros (y cada vez hay más y más requisitos que cumplir), éstos quedarán "descartados", desechados, tirados en las cunetas de nuestras flamantes autopistas. A veces, las sociedades llamadas a sí mismas "desarrolladas" contarán con recursos para que los desechados al menos huelan bien, estén aseados y no molesten demasiado o desentonen en nuestros entornos fríos y asépticos, como el bisturí de un cirujano; "Servicios sociales" los llaman, y menos es nada, ciertamente. Por supuesto, en las tres cuartas partes del planeta "no desarrollado" la escena dantesca del evangelio de hoy se sigue repitiendo tal cual.

Lo importante es el dolor intangible, el que no se puede localizar en una zona del cuerpo. La peor disfuncionalidad no es el de un miembro atrofiado por una necrosis celular: lo peor es la necrosis del alma, la incapacidad para volver a creer, a ilusionarse, a querer vivir porque la vida se ha tornado invivible, aunque podamos bañarnos en nuestras piscinas o cumplir todas las normas humanas (ya no religiosas) que hoy nos exijan. Occidente, es decir, las personas que lo formamos, estamos aún más enfermas que aquel hombre del que el Señor se apiadó, pues en nuestro nihilismo ya ni siquiera esperamos lo posible. En verdad, necesitamos el sol del amor de Dios que disuelva tanto tantísimo hielo.  

lunes, 27 de marzo de 2017

Lecturas del día, lunes, 27 de marzo. Poema "Dame" de Carlos Edmundo de Ory. Breve comentario


Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (65,17-21):
Esto dice el Señor:
«Mirad: voy a crear un nuevo cielo
y una nueva tierra:
de las cosas pasadas
ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento.
Regocijaos, alegraos por siempre
por lo que voy a crear:
yo creo a Jerusalén “alegría”,
y a su pueblo, “júbilo”.
Me alegraré por Jerusalén
y me regocijaré con mi pueblo,
ya no se oirá en ella ni llanto ni gemido;
ya no habrá allí niño
que dure pocos días,
ni adulto que no colme sus años,
pues será joven quien muera a los cien años,
y quien no los alcance se tendrá por maldito.
Construirán casas y las habitarán,
plantarán viñas y comerán los frutos».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 29,2.4.5-6.11-12a.13b

R/.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R/.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
celebrad el recuerdo de su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. R/.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (4,43-54):

En aquel tiempo, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús mismo había atestiguado: «Un profeta no es estimado en su propia patria». Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose. Jesús le dijo: «Si no veis signos y prodigios, no creéis». El funcionario insiste: «Señor, baja antes de que se muera mi niño». Jesús le contesta: «Anda, tu hijo vive». El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron: «Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre». El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.

Palabra del Señor

Poema:
"Dame" de Carlos Edmundo de Ory

Dame algo más que silencio o dulzura
Algo que tengas y no sepas
No quiero regalos exquisitos
Dame una piedra

No te quedes quieto mirándome
como si quisieras decirme
que hay demasiadas cosas mudas
debajo de lo que se dice

Dame algo lento y delgado
como un cuchillo por la espalda
Y si no tienes nada que darme
¡dame todo lo que te falta!

Breve comentario

La fe no puede exigir pruebas: no necesita de la fe lo que puede ser verificado. Mitad por desconfianza, mitad por egoísmo, y no pocos por pura mezquindad, a Jesús le piden pruebas, signos, demostraciones de su poder. Más aún aquellos que fueron sus vecinos, los que lo vieron crecer, pues en ellos prevalece la experiencia y el recuerdo de quien no era más que un artesano de la zona. Alguien dirá con razón que estas reacciones son comprensibles, y lo son de hecho, pues nuestro corazón tiende a caracterizarse por nuestra desconfianza, nuestra falta de apertura, nuestra tendencia a no creernos nada que no hayamos comprobado de algún modo. Ciertamente esta es una actitud adecuada para adaptarse a un mundo hostil, en el que nadie te da nada gratuitamente. Pero Dios busca algo en nosotros para poder actuar en nuestra vida.

La fe se puede definir de muchas formas (certeza de lo que se espera, esperar lo que no se ve, creer en lo que no se puede demostrar...), pero al margen de estas enunciaciones sucintas formales o no, la fe, siendo don de Dios, y considerada en su dimensión de fenómeno humano, está formada de una serie de vivencias que en no pocas ocasiones generan tensiones: el miedo a abrirse, el miedo a las consecuencias de suspender el propio juicio, el miedo a los compromisos que se adquieren al creer, la difícil intelección del acto de creer (en verdad, ¿por qué creo o quiero creer?), la contradicción que supone abandonarse en un mundo que exige el control, la espera en un mundo que no admite esperas, la confianza en un mundo que sólo confía si antes ha verificado, el silencio o la aparente esterilidad en un mundo que exige rendimientos, productividades, mediciones de actos y de la valía de los actores... No es fácil creer, y menos en estos tiempos donde creer se considera algo infantil, un atraso, un anacronismo inservible.

Hoy más que nunca para creer hay que atreverse a creer, hay que ser osado, imprudente, pues creer nos convierte en "una opción inútil", en palabras de nuestros nefandos y absolutamente increyentes políticos. Es cierto que la fe es un don de Dios, pero como todo don se incardina no ya en una naturaleza humana, sino en una biografía, en un conjunto de experiencias y vivencias que han dejado toda una trama de huellas que Él puede querer o no disolver, o no del todo. La misericordia de Dios es un misterio también en su actuación no sólo en su origen, misterio de amor que suele respetar el suelo en el que planta su semilla. Y desde ese humildísimo humus de pecados, carencias, heridas, ignorancias, con la asistencia del Espíritu Santo, decimos sí al Señor. Un sí débil, lleno de miedos, de fragilidades, de mundanidad, de necesidad también...: nos fiamos como vamos pudiendo, en un camino moral y espiritual que, de evolucionar bien, nos irá conduciendo a un mayor abandono de nuestra voluntad para entregársela al Señor. A algunos, la mayoría, esto nos llevará toda la vida. Por eso es tan difícil ser profeta en la tierra, por eso le fue tan difícil al Señor hacer milagros en su tierra natal: nadie creía ni quería creer que de aquel artesano, hijo de José y de María, que habían visto crecer como uno de tantos, se pudiera esperar algo más.

Si no somos capaces de poder abrir caminos en nuestros corazones al don divino de la fe, a pesar de todas las realidades internas y externas que nos marcan y nos circundan, el Señor no podrá actuar. El funcionario en el evangelio de hoy cree por desesperación: su hijo se estaba muriendo. Su insistencia le salva; esa insistencia que se sobrepone a la incrédula hostilidad del entorno. Dios no nos pide heroicidades. Sabe lo que nos cuesta abrirnos a Él; por esto se conforma con poco: que le demos lo que no tenemos o de lo que no somos conscientes: seguridad, fe, valentía, capacidad de compromiso, determinación..., que Él nos lo devolverá como realidades ya nuestras.